27 Marzo 2012

Bip Bip, me sonó el móvil con el familiar sonido de cuando recibo un mensaje al Facebook. Busco mi teléfono y lo encuentro. Era un mensaje privado, lo abro y empiezo a leer “Pere, ¿te irá bien cenar con los compis del Voramar?” Era Marta Fornés que me invitaba a un reencuentro con mis antiguos compañeros del Voramar. En seguida me dije que sí, que iría. Habían pasado más de 30 años y no sé porqué, me apetecía muchísimo ver a mis antiguos compañeros de clase.
Iban pasando los días y la fecha se acercaba. Había algunos compañeros que nos habíamos cruzado por la Rambla, algunos habíamos llevado a nuestros hijos al mismo Voramar. Otros nos encontramos por Facebooks hacía relativamente poco. Pero a muchos les había perdido el contacto desde que dejamos la escuela.
Llegó el día en que, por fin, íbamos a encontrarnos. No estaba nervioso pero si tenía esa molestia en el estomago de no saber quien iría al reencuentro y quien no. Algunos habían confirmado asistencia pero no sabía si se habían puesto en contacto con todos. Habíamos quedado delante de nuestra antigua escuela. Cuando llegué y vi a los que ya estaban allí fue como si llegase a los 140 km por hora y el condensador de flujo del Delorean de Marti Macfly me transportara hacía atrás en el tiempo. En unos momentos fueron llegando todos. Nos abrazamos, algunos nos reconocíamos, otros no. No me cansé de repetir la palabra con la que defino esa noche: ENCANTADO. Estaba totalmente encantado de verlos a todos. Con más kilos, menos pelo y sobre todo muchas canas pero encantado de verlos. He de decir que las chicas estaban como siempre han estado, absolutamente estupendas. Faltaron algunos, un recuerdo para Antonio, Ricardo y Pedro. Otros viven en el extranjero, Maitena. Y otros no pudieron. Será para la próxima.
Marta, nuestra organizadora junto a Norbert nos habían preparado una visita al colegio. Nos enseñaron las partes nuevas, el patio donde jugábamos al “Churro, media manga, mangotero”, la pista. Y para finalizar en su clase, un Power Point que estoy seguro que nos emocionó a todos. En la cena (perfecta) hicimos alarde de nuestra memoria. En eso, creo, nos ganó por goleada Artur Parés que se acordaba incluso del medicamento que se tomaba Mari Angels, ya no en el Voramar sino en su colegio anterior. Cenamos todos entre conversaciones de épocas pasadas. Lástima no haber podido escucharlas todas por, lógicamente, distancia en la mesa. Risas, caras de asombro por anécdotas que la memoria había olvidado. Recuerdos de profesores, compañeros que no habían podido venir. En fin, una cena inolvidable. Después de la cena, seguimos hablando, forzando la memoria a revivir tiempos que ya teníamos olvidados o al menos escondidos.
Y llegó la hora de la despedida. Cuando caminábamos hacía donde habíamos dejado los coches parecía que no quisiéramos separarnos. Algunos que tenían que tomar otros caminos los cambiaron para poder estar unos minutos más juntos.
Cuando arrancaba la moto, solo podía agradecer a Marta y Norbert el haber hecho posible todo aquello. Aceleré la moto y justo al girar por la calle Llull, al llegar a los 140 km por hora, el condensador de flujo se puso en marcha y me transporto de nuevo al año 2012.
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1 Enero 2011

Hoy he vuelto a ver la película "Ladrón de bicicletas" y he llegado a la conclusión que si Dios existiera de verdad, no creo que permitiera a los ladrones de bicicletas, y de ordenadores portátiles, (tengo un amigo que le robaron el portátil hace unos días) continuar sin perturbarse esa labor tan vil. Hay criminales que tienen una dignidad y una ética del todo respetable. Los ladrones de bicicletas y de ordenadores portátiles, en cambio, no tienen ni dignidad, ni ética y, si por mi fuera, no tendrían ni pelotas.
En el primer caso, el del ladrón de bicicletas, es una cabronada privar a la gente de su medio de transporte o incluso, como en la película, de su modus viventi, solo por unos euros. La consternación que puede sentir alguien que depende de su bicicleta para llevar el pan a casa cuando después de una dura jornada de trabajo, en la última entrega, descubre que su bici ha sido sustraída, no se puede explicar con palabras. No estamos hablando de un automóvil, un medio de transporte mucho más caro y que solo sirve para pasarse en él horas en las colas de todas las ciudades. Pero una inocua bicicleta. Tiene cojones.
La segunda categoría a maldecir con todas mis fuerzas son los ladrones de portátiles. ¿Cuánto dinero se puede sacar de un portátil usado? No llega ni para llenar un depósito de gasolina de cualquier utilitario. Es decir que los ladrones de portátiles no pueden ni siquiera huir demasiado lejos como para no escuchar las blasfemias sobre sus muertos que grita el dueño del P.C. o Mac. Hoy en día, en un portátil hay cantidades incalculables de trabajo, de dinero y sudor. Sin contar con un montón de megas de música, películas y material porno, descargado de la red. En resumen, daños irreparables.
Por eso maldigo a todos esos ladrones sin escrúpulos, y espero que antes o después el mal que hacen les vuelva amplificado por la enésima potencia.
Firmado: Uno que, desde pequeño, lloraba al ver “Ladrón de bicicletas” y que por eso nunca deja su portátil a la vista en los asientos de su coche.
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31 Marzo 2009

La moto de siempre a la seis en punto, aparcada debajo de mi ventana. Primero al sacar la cadena, después el primer intento, el segundo, luego un disparo y los pistones empiezan a bombear en una explosión que, dando por el culo, rompe las sombras dejadas por la lámpara encendida de mi habitación. “¿Que día es?” La manta me sugiere un día no laborable y me convence. Hundo la cara en la almohada y alargo la mano en un desesperado intento de reencontrarme con ese sueño que me parecía el más bonito de mi vida. Y parecía tan real que, no recuerdo porque, pero estaba riendo, antes de que ese bastardo, con la moto, me lo jodiera.
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6 Marzo 2009
El otro día iba paseando con mi hijo… ahora que lo pienso, no se si os he dicho alguna vez que tengo un hijo de 19 años. Bueno, os lo digo ahora. Sigo… el caso es que me contaba sus peripecias con el carnet de conducir.
Al pobre le costó más de lo previsto el poder sacarlo. En principio pensó en superarme y ya que había aprobado la teórica a la primera, como yo, quería superarme en el examen práctico que yo me saqué con 14 prácticas y a la primera. Quiso, aunque yo le aconsejé que no, subir a examen con solo 10 prácticas. El resultado fue malo. Y no lo fue porque el lo hiciera mal del todo. El caso es que pensó que el examen era como conducir ya teniendo carnet. Y, como le dije, no es así, porque lo que te enseñan en el autoescuela es a aprobar el examen y no a conducir. Así perdió la oportunidad de superarme. No contento con eso dijo que haría 4 prácticas más y así por lo menos me igualaría. Como siempre, se lo desaconsejé. Pero ya sabéis que los jóvenes a esa edad hacen lo que quieren, así que subió por segunda vez con 14 prácticas. Le pudo la presión y volvió a catear.
El otro día me contaba la experiencia de subir por tercera vez al examen de prácticas. Y ese hecho en si no es lo divertido, ya que os adelanto que esta vez si aprobó. Lo divertido es como fue la cosa antes de poder subir a examinarse.
El caso es que le llamaron del auto escuela para decirle que el viernes subía a examen. Tenía que llevar el carnet de identidad , como siempre, pero esta vez al buscarlo, no lo encontró. Estuvo horas buscando ya que sin DNI no había examen. El caso es que no lo encontró y pensó “Me voy a la policía y pongo una denuncia”. Así lo hizo, puso la denuncia y cuando se la dieron, leyó que esa denuncia no garantizaba que su portador era el que salía en ella. Así que igualmente necesitaba algo para identificarse ya que al día siguiente se examinaba y no quería dejar pasar esa oportunidad, ya no por el tiempo de espera sino por que estaba seguro que esa vez si, con 28 prácticas, estaba preparado. Y el tío, con dos cojones, porque se ha de tener dos cojones, cogió el carnet del club super tres (el de TV3), como el del club megatrix para los que no seáis de la comunidad autónoma de Catalunya.

Como digo, el tío cogió su carnet del Super tres de cuando, ojo al dato, tenía 11 o 12 años y sin cortarse un pelo, se fue a examinar. Llegó y le dijo al examinador que la denuncia ponía que debía identificarse con algo para que supieran que realmente era quién ponía la denuncia y le dejaran examinarse. Se ve, que el señor examinador le miro asombrado y le dejó hacer el examen. Lo que no se es, si le aprobó porque lo hizo bien o porque debió pensar, “un tío que tiene los santos huevos de presentarse aquí con un carnet del super tres sin ni siquiera ponerse rojo de vergüenza, hay que aprobarlo”.
Y ahora estoy en un dilema. No se si dejarle el coche de verdad o uno teledirigido que es el que le compré en aquellos años en que el era socio del club super tres.
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18 Febrero 2009
Dedicado a Ramón, mi hermano. Te echo muchísimo de menos
Contaba yo con seis o siete años cuando un día 6 de Enero, los reyes le trajeron a mi hermano mayor un balón. Os aseguro que era un regalo muy deseado. Recuerdo como si fuera ayer, la cara que puso cuando el balón salió de una caja cuadrada. En seguida hizo que mi madre le pusiera el uniforme de nuestro equipo preferido. Como es normal conmigo hicieron lo mismo.
En aquella época mi familia y yo vivíamos al lado de un mercado. No se si sabéis, y sino os lo cuento yo, que a finales de los sesenta en los laterales de los mercados existían unos puestos, podría decirse que ambulantes, aunque eran fijos. Normalmente en esos puestos se vendía ropa, medias, pijamas, camisones etc. Los vendedores solían atar unas cuerdas en las paredes y de esas cuerdas colgaban su género.
Dicho todo eso, aquel día de reyes de finales de los sesenta mi hermano y yo, debidamente vestidos del Barça bajamos a la calle. Al salir del portal a mi hermano se le escapó el balón y me vino directamente a mi. Lo cogía al vuelo y después de botarlo dos veces chute con todas mis fuerzas hacía la pared. El balón al tocar la pared se quedó flotando en ella como si se hubiese pegado a la pared con superglu… Mi hermano me miró, incrédulo. ¿Cómo podía quedarse el balón flotando pegado a la pared? Por supuesto no había ningún poltergeits, ni fuerza sobrenatural. La explicación era mucho más terrenal. El caso es que al chutar yo contra la pared lateral del mercado el balón había topado, desgraciadamente con uno de los clavos de los cuales los vendedores ataban las cuerdas para luego colgar la ropa que vendían y allí quedo ensartado el balón que no por esperado era menos deseado por mi pobre hermano. Y es que, al pobre, su regalo, su balón, no le había durado ni el tiempo suficiente para poder al menos darle un chut.
Lógicamente mi padre, perdón, los reyes, le trajeron otro a los pocos días y ese sí, ese lo estreno él antes de dejármelo a mi, no fuera caso que se lo volviera a pinchar.
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14 Enero 2009
Alguien, no recuerdo quién, me dijo una vez:
"La verdad es una mentira que todavía no ha sido descubierta"
He buscado por la red y he descubierto que el autor de esa frase, o al menos el que la pronunció, fue Burt Lancaster en una película llamada "Clave: Omega" de Sam Peckinpah
Hubo un tiempo en el que la verdad no era de este mundo. Vivía en el cielo, más alto de lo que nosotros pudiéramos ver. Tenía poderes mágicos, milagrosos. Salvaba las almas y condenaba a los pecadores, esparciendo por las calles huesos de santos y plumas de ángeles para probar su existencia. Más tarde la verdad se puso un uniforme e inició a declararse, gritando desde un balcón, a bandadas de bocas abiertas que la escuchaban, destruyendo diques, esparciendo muertos y huérfanos para mostrar su poderío.
Luego pasó a manos de hábiles prestidigitadores, que la anunciaron en carruseles de colores, y la verdad se hizo eslogan de unas galletas.
Después la perdimos de vista, probablemente secuestrada por algún anónimo secuestrador, atada y amordazada en un viejo y húmedo sótano dónde no pasaba nunca ni un rayo de sol. Violada y dejada morir de hambre a la espera de un rescate que nunca fue requerido. Escondida en un dossier secreto, en un acuerdo de gobierno, obligada a estrellar un avión, publicada en una revista científica, retomada agonizante en un telediario, devuelta como leyenda de un contrato o un programa electoral.
Una vez muerta y ocultado su cadáver, todos declaraban ser su reencarnación en la tierra. También yo, que a duras penas se como me llamo, a veces me siento la única cosa verdadera en lo que creer en este planeta.
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11 Enero 2009
Razón tenía don Mario Cavagnaro cuando escribió aquel vals:
"...el dolor de un mal amor
no es como para morir.
Pero, deshecha ya
mi más bella ilusión,
a nadie ya en el mundo
daré mi corazón.
Devuélveme mi amor para matarlo,
devuélveme el cariño que te di.
Tú no eres quien merece conservarlo,
tú ya no vales nada para mí.
Devuélveme el rosario de mi madre
y quédate con todo lo demás...".
Y este inicio...¿a que se debe? Os preguntaréis...
Richard Batista es un señor en proceso de divorcio. Lleva cuatro años de papeleo con su aún no ex mujer y ha anunciado que quiere que le devuelva el riñón que él le donó cuando la operaron, en el 2001. Y si no se lo devuelve, que le pague por él un millón de euros. Ha hecho pública su demanda porque está harto de sus tejemanejes y de los de su abogado. Como suele suceder, por el estigma de ser hombre no puede ver a sus tres hijos más que una vez cada tantísimos meses. Los abogados no le dan ninguna posibilidad de recuperar su riñón. Un riñón gracias al cual su esposa salvó la vida para, año y medio después, liarse con otro señor.
No veo que sea una demanda desproporcionada. Está claro que no van a volverlos a meter en el quirófano para sacarle a ella el riñón y recolocárselo a él. Pero pagar por el riñón no me parece mal. Si, hoy en día, en los divorcios se lucha hasta por ver quién se queda las tazas de te (y, en beneficio de la madre, se utiliza a los hijos para minar la moral del padre), no veo por qué el riñón no debería ir en un plato de la balanza, si en ambos platos se han colocado ya el coche, el sofá y la segunda residencia. Hay mucho listo (y lista) dispuesto a decidir que "esto no entra en el cómputo porque me lo regalaste" y aquello, en cambio, sí.
O eso o la gente deberá empezar a pensárselo dos veces antes de donar. Una solución sería hacer constar ante notario, antes del trasplante, que el riñón pasa a ser tan parte del patrimonio matrimonial como el piso o los televisores. No es un despropósito. Hace años mucha gente consideraba de mal gusto los acuerdos prematrimoniales en los que se estipula cómo se dividirán los bienes cuando llegue el adiós, si llega. Decían los inocentones: "Pero ¿con qué amor se casan, si antes del matrimonio ya puntualizan el divorcio?". En cambio, ahora esos acuerdos son ya lo más normal del mundo.
En la vida nunca hay que dar nada por sentado. Por eso me asombran esos escritores que cada libro que sacan lo dedican a su cónyuge. Y luego, cuando se separan, por los siglos de los siglos las dedicatorias quedan ahí, en las primeras páginas, como muestra de un hervor emocional finiquitado. Claro que siempre es más soportable eso que palparte la riñonada y notar ahí dentro un hueco por culpa de una ingrata.
Pues, retomando el famoso vals con el que hemos comenzado este post, hay quien prefiere que le devuelvan el rosario y otros que lo que quieren es que les devuelvan el riñón.
Nota: Texto publicado en La Vanguardia el día 10 de Enero por Quim Monzó
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7 Enero 2009
Hubo un tiempo en que un hombre se enamoró de un cuadro. Un esplendido cuadro que representaba una mujer que intenta coger agua en una fuente. El sol le iluminaba un pecho que parecía querer escapar de su corpiño blanco y los cabellos caían mórbidos sobre su espalda desnuda. No había día en que aquel hombre no pasara por delante del cuadro, para observar los detalles y soñar en su fantasioso amor. Cada día pasaba e imaginaba la vida que habría vivido junto a su amada. Tanto, que empezó a descuidar su vida real. Paró de trabajar y a menudo no recordaba ni siquiera que tenía que comer. Su vida ya no estaba en esta tierra, estaba en un sitio apartado, de fantasía, donde nadie podía alcanzarlo.
Pasaron días, luego meses y más tarde años. Ella estaba siempre allí, esperando que su pretendiente la ayudara a recoger el agua. Y sucedió que un día el hombre, que habitualmente se quedaba mirándola mudo de éxtasis, le pregunto en voz baja:
- ¿Por qué no respiras?
Y esperó la respuesta. La esperó todo el día, toda la noche y al día siguiente. Pero ella no se pronuncio nunca sobre ese tema. El pensó que quizá ella no le había oído. Entonces volvió a preguntarle por qué no respiraba, esa vez con una voz mucho más segura. Pero, una vez más, el cuadro siguió en silencio.
Desde ese momento, todas las tardes, antes de volver a casa, el hombre pronunciaba la pregunta que puntualmente quedaba sin contestar. Pasaron los días, luego los meses y más tarde los años y el hombre se había convertido en un viejo y estaba enfermo. Pero aún no había renunciado a pasar el tiempo con su cuadro. Aquella noche, le dirigió una vez más la pregunta que había repetido desde hacía tantos años. Espero un poco, pero una vez más solo oyó el sonido del viento y decidió dejar de respirar él también. Y fue así que quedaron unidos para siempre.
* Texto encontrado navegando por la red, desconozco quién es el autor
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